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  • Adriana Reinking

Regresando a lo básico

Muchas de las personas con las que platicamos nos confiesan algo que nos asombra: que sienten ya no saber quienes son y que se perdieron en el camino.


Y no se refieren a no encontrar el camino de regreso a casa o tener pérdida de memoria, sino a que ya no saben vivir como quisieran; que no logran comunicarse; que su trabajo no les gusta y que no encuentran la forma de cambiar lo que ya no soportan. Sin embargo, la gran mayoría sienten flojera (más bien miedo) de analizar por qué llegaron a esa situación; piensan que llevan demasiado camino recorrido para dar marcha atrás y se sienten atrapados, asfixiados, frustrados y tristes.



Si te preguntaran quién eres, ¿cómo responderías? Pero antes de contestar a tan importante pregunta, queremos poner algunos lineamientos. Tu respuesta no puede incluir una relación de parentesco, una profesión, ni una descripción física tuya, como tu estatura y complexión. Esto no contestaría realmente a la pregunta.


La respuesta, que parece tan simple, requiere análisis, atención y honestidad. Por análisis, nos referimos al viaje interno (introspección) que es indispensable para encontrarse a uno mismo. Por atención, nos referimos al cuidado con que se hace ese viaje de descubrimiento y que si no eres totalmente honesto al hacerlo, es seguro que seguirás perdido. Descubrir quién eres parece sencillo, pero no es fácil, simplemente porque ese YO que se busca es una mezcla continua de recuerdos, experiencias, temperamento y hormonas. Es, además, lo que creemos que somos a partir de los juicios que nos hacen quienes se relacionan con nosotros, de las etiquetas que nos ponen. De forma contundente nos afectan también el proceso bonsái y el deseo de pertenecer y ser reconocidos.


Muchos adultos se sienten frustrados y atrapados en las vidas cuyos límites ellos mismos ayudaron a construir. Hay mujeres que, después de muchos años, reconocen haber dejado a un lado sus sueños, para cumplir las expectativas de sus padres, sus hijos o sus cónyuges. Las mujeres, más que los hombres, son educadas para servir, ayudar, dar, proteger y hacer sacrificios. Tal vez sea por eso que encontramos más mujeres que hombres en busca de regresar a lo básico, a redescubrir quiénes son y finalmente tratar de atreverse a ser. Sin embargo son muchos los hombres, aunque en diferentes circunstancias, que también se sienten perdidos. Se pierden en el trabajo, en la lucha por el poder, en el “deber cumplir”, quedando atrapados en el entrenamiento recibido, en lineamientos que aceptan, adoptan y heredan, pero que no cuestionan para cambiarlos.


Es común pensar que los adolescentes están perdidos y habrá muchos de ellos que sienten que lo están, pero la adolescencia se caracteriza por ser la etapa en la que más se busca una identidad propia; es cuando se trata de romper el cordón que nos une a nuestros padres. Los adolescentes suelen rebelarse ante cualquier situación o persona que les impida ser y expresarse, lo que es admirable. Y a pesar de lo difícil que es este proceso, algunos reconocen la importancia que conlleva la transición de la niñez a la adultez y tratan de conservar lo más básico: “el YO interno”. Sin embargo, justo en esa etapa otros dejan de practicar el análisis, la atención y la honestidad. Se distraen y al hacerlo se rinden ante las expectativas de sus padres, ante la confusión típica entre el deber y el ser, y ante el dolor que implica verse frente a un espejo y reconocerse como un individuo temporalmente perdido.


Cuando pensamos en niños pequeños y convivimos con ellos, nos maravillan su facilidad de expresión, su aplastante honestidad y su gran capacidad de sorpresa. Admiramos la habilidad que tienen para relacionarse con los demás sin miedo, su respuesta ante el cambio y su espontaneidad. Pero también se nos puede poner la piel de gallina, cuando los vemos rodeados de adultos que supuestamente se dedican a cuidarlos y que sin consciencia del daño que provocan van sembrando en estos pequeños sus propios miedos y expectativas de que cumplan con los sueños que ellos no lograron cumplir, en lugar de impulsarlos a alcanzar los propios. Y los niños, que como esponjas aprenden lo que ven y lo que oyen, van perdiendo poco a poco todas esas bellas cualidades al ser educados como personas de “bien”, volviéndose personas bien frustradas, bien confundidas, bien disfrazadas, bien miedosas, bien intolerantes y bien tristes.


Es indispensable regresar a lo básico; a ser el centro de nuestra propia vida. Sin importar en qué parte del camino te encuentres, si te das cuenta de que no estás contento y te sientes atrapado, es el momento preciso de analizar, poner atención y ser honesto. Tal vez haciendo esto puedas detectar los cambios necesarios para reencontrarte, aceptarte y proteger a tu YO. Logrando esto, estarás construyendo la plataforma ideal para aceptar y disfrutar a quienes te rodean sin sentir que tienes que cambiar, ni pedirle a nadie que cambie. ¡Ya no te sentirás atrapado!


¡Rebvélate… Atrévete a ser!


Adriana Reinking

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